viernes, 3 de mayo de 2013

Oteiza. Un artista excesivo.

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Ahora que hemos cumplido una década sin él, podemos decir, sin miedo a que se nos enfade, que Oteiza fue un hombre absolutamente excepcional, un artista polifacético y critico, un genial conspirador cultural, y, sobre todo, un visionario de la escultura entendida como experimentación estética a la búsqueda del vaciamiento y la desocupación de la forma. Estos calificativos pueden parecer exagerados o inmerecidos, pero, en realidad, sólo están haciendo justicia al que fue un hombre fuerte, seguramente un “hombre excesivo”, que iluminó y sirvió de guía al menos a dos generaciones de artistas vascos. 



Oteiza, a quien Rafael Moneo califica como uno de los últimos hombres universales, ha sido un escultor fundamental en la evolución del arte del siglo XX, figura clave de la vanguardia internacional de la década de los cincuenta, al que podemos confrontar con otros grandes creadores como Picasso, Henri Matisse, Le Corbusier, Julio González, Henry Moore o, por supuesto, Eduardo Chillida. 
Jorge Oteiza Embil nació en Orio (Gipuzkoa) el 21 de octubre de 1908 y falleció en Donostia-San Sebastián el 9 de abril de 2003. Entre 1914 y 1920 cursó el bachillerato en el Colegio del Sagrado Corazón de San Sebastián y en el de los Capuchinos de Lekaroz (Navarra), años de formación en los que trabó amistad con incipientes artistas como el pintor Juan Cabanas o el músico Nicanor Zabaleta. En 1927 se trasladó a Madrid con el propósito de estudiar arquitectura, aunque, por razones burocráticas, finalmente se matriculó en medicina y posteriormente en la Escuela de Artes y Oficios. 
Sus primeras esculturas, figurativas y dentro de la órbita del expresionismo o del primitivismo, con un aire arcaizante y antropomórfico, nacieron bajo la influencia de diversos artistas, sobre todo de Picasso y Brancusi. Ya en los años treinta, junto a sus amigos los pintores Narkis Balenciaga y Nicolás Lekuona, se introdujo en la vida artística de San Sebastián y en 1931 fue galardonado con el primer premio en el IX Concurso de Artistas Noveles Guipuzcoanos, con una escultura titulada “Adán y Eva, TgS = E/A”. 

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En 1933, junto con Balenciaga, viajó a Sudamérica, donde conoció a Itziar Carreño, con la que se casó en 1938, iniciando un periplo que lo llevaría a Argentina, Chile, Colombia y Perú durante tres lustros y que quedó plasmado en textos como “Carta a los Artistas de América” (1944) o “La interpretación estética de la estatuaria megalítica americana” (1952).

En 1948 Oteiza regresó al País Vasco, donde encontró un panorama desolador, instalándose en Bilbao, y comenzó su lucha por cohesionar y revitalizar el decaído mundo artístico vasco, ya que nada quedaba de aquel ímpetu cultural que se había desarrollado durante la República, pero se topó con la desidia de las instituciones.

En lo artístico empezó a experimentar en la línea del escultor británico Henry Moore, vaciando y ahuecando sus esculturas figurativas, lo que propicia intensos contrastes entre luces y sombras. Continuó sus especulaciones en torno a la desocupación del espacio escultórico y trabajó en busca de la comunión entre formas geométricas y naturales, desembocando en la abstracción. 

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En 1951 comienza la estatuaria para la nueva basílica de Arantzazu (Gipuzkoa), proyectada por el arquitecto navarro Francisco Javier Sáenz de Oiza. Su intervención, demasiado vanguardista para el gusto de las instituciones eclesiásticas, provocó que la Comisión Pontificia paralizara los trabajos de Oteiza iniciados en 1952, no pudiéndose concluir hasta 1969. 

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Friso de los apóstoles (1953) Basílica de Arantzazu (Oñati)



En los años cincuenta, su período artístico más fructífero, abandonó la figuración, se adentró por un camino de depuración formal y de diálogo entre la masa y el vacío, buscando liberar la energía mediante la fusión de unidades ligeras, y finalmente logró evolucionar de la estatua-masa a la estatua-energía. Este momento clave en la obra de Oteiza fue reconocido internacionalmente en 1957 cuando ganó el primer premio de escultura de la IV Bienal de São Paulo, en Brasil, con la serie “Propósito experimental”

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La obra conclusiva de Oteiza llegaría a su cénit en series como “Desocupación de la esfera”, “Apertura de poliedros” y “Cajas vacías” (1957-59), en las que su particular forcejeo con el volumen y el espacio consigue que el objeto quede desmaterializado casi por completo en favor de un espacio que él entendía metafísico y espiritual, tomando a Malevitch y al constructivismo ruso como principal inspiración.

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Cajas vacías-Cajas metafísicas

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Cajas vacías-Cajas metafísicas






En 1959 Oteiza decide abandonar la práctica escultórica convencional para desarrollar nuevas inquietudes creativas, planteando numerosas aportaciones en el ámbito de la estética, la lingüística, la poesía, la antropología, la arquitectura, la pedagogía y la política. Sin embargo, a comienzos de los setenta Oteiza retorna a la experimentación escultórica en el Laboratorio de Tizas, en el que utilizó también otros materiales como el cartón y el aluminio.
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Su principal ensayo teórico lo publicó el año 1963: “Quosque tandem…! Ensayo de interpretación estética del alma vasca”, que constituyó un hito y un libro clave como referencia fundamental de la inteligencia vasca cultural y política del momento. Posteriormente escribió “Ejercicios espirituales en un túnel” que, tras ser prohibida su publicación, no vio la luz hasta la década de los ochenta. En estas obras, al igual que en su vida completa, Oteiza se muestra al mismo tiempo inquieto y reflexivo, racional y emotivo, colérico y afable.
Oteiza siempre habló desde la poesía; por eso, no es posible comprender su obra sin hacer referencia a su obra poética, iniciada en los tiempos de Arantzazu con “Androcanto y sigo” y que continuó con libros como “Existe Dios al Noroeste” o “Itziar Elegía y otros Poemas”. Tal y como él decía, “lo que transforma un idioma en poesía es la necesidad de que las palabras nazcan en el corazón del hombre”.
 
Actuó como un gran agitador cultural y participó en la creación de grupos de artistas vascos, como Gaur (Gipuzkoa), Emen (Bizkaia), Orain (Araba) y Danok (Navarra), impulsando el movimiento de vanguardia cultural y presentando múltiples proyectos, de los que habría que destacar la Escuela de Arte Vasco, el Instituto de Investigaciones Estéticas para Euskadi Norte, la Universidad Infantil Piloto para Elorrio, el Museo de Antropología Estética Vasca en Vitoria y la Escuela de Arte de Deba. 

Oteiza traslada de la escultura a la arquitectura su teoría del vacío (“El espacio no es un sitio donde se pone una escultura, sino el sitio que se desaloja, que se hace estatua”), al tiempo que promueve la idea de una integración de las artes, como en la Escuela de la Bauhaus. Entiende que el proyecto de arquitectura es total porque incluye creación, formalización y función; es decir, que su concepto arquitectónico promovía un proyecto vital vinculado a un lugar. En esta línea, sus intervenciones más importantes fueron las realizadas en Arantzazu (Oñati) y Agina (Lesaka) así como las propuestas no ejecutadas para una ermita en el Camino de Santiago, para el concurso del Monumento a Batlle en Montevideo, para el cementerio de Ametzagaña en Donostia y para la Alhóndiga de Bilbao. 


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En la última década de su vida, a pesar de que Oteiza siempre había sido enemigo del colosalismo en le escultura, muchas de sus obras fueron realizadas a tamaño monumental para ubicarlas en espacios públicos, lo que fue objeto de crítica por entender que, en algunos casos, se desvirtuaba la esencia poética de la escala a la que fueron concebidas. Entre las más conocidas se encuentran las situadas en Azkoitia, Barcelona, Biarritz, Bilbao, Deba, Donostia, Eibar, Irun, Oñati, Ordizia, Pamplona, Zarautz, Zumarraga, Terrasa, Tolosa y Vitoria-Gasteiz.

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Poniendo fin a más de treinta años de desencuentros con Eduardo Chillida, en 1997 se produjo el conocido abrazo de Zabalaga, a modo de acto de acercamiento y reconciliación entre dos escultores a los que no era necesario enfrentar para constatar que ambos brillaron a gran altura y alcanzaron una talla excepcional, aun siendo hombres de distintas sensibilidades.

No es posible finalizar esta introducción sobre el significado de la obra de Jorge Oteiza sin desplazarnos hasta el lugar de Alzuza, a nueve kilómetros de Pamplona, donde se encuentra el Museo Oteiza, inaugurado el año 2003. Obra del arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza, que trabajó en este proyecto desde 1992, acoge la colección personal del escultor, compuesta por 1.650 esculturas y 2.000 piezas de su laboratorio experimental, y está centrado en la difusión de su legado. Su ejecución representa el reencuentro definitivo de la obra de dos autores fundamentales en la evolución de la escultura y la arquitectura contemporáneas, amigos y colaboradores en diversos proyectos desde mediados del siglo XX. 

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En el cementerio local de Alzuza, en lo alto de una colina y bajo una doble cruz oteiziana, unidos sus travesaños en una pieza única, descansan los restos de Jorge e Itziar, de la que Oteiza pensaba que “vivía tenía que vivir / sobrevivía a su morir”, y a la que evocaba tras su muerte diciéndole que “seguramente no estás ya / en ninguna parte / solamente aquí / en mí / conmigo / te has escondido para que trabaje / para que trabaje” y recordándole también que “la muerte es oficio”, que “la muerte no existe es un cambio de sitio”.

Joseba Larzabal
Donostia, abril de 2013

Fuentes:
Tenemos nueva web: euskadiz.com

2 comentarios:

  1. Además de su obra artística y de su testimonio vital, Jorge Oteiza es un gran teórico de la estética conectada a la filosofía existencial. Creo que el tiempo irá llenando de sentido esta afirmación.

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  2. Artistas como él le faltan al mundo, sensibles, soñadores en la acción contínua, de carácter, lúcidos y de andar que deja huella para encontrar el camino hacia el propio hombre...

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